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ESCRIBIR

¿Cómo empezaste a escribir? ¿quién te leia al principio?
 
Whohub


No lo sé precisar. Pero supongo que tuve un gran detonante expresivo cuando no me pude expresar con la voz y quedé temporalmente mudo. ¿Deberé contar esta anécdota de cuando apenas si sabía escribir? Sí. Y eso, creo, fue alrededor de los cinco años, cuando fui intervenido quirúrgicamente de las amígdalas. Lo que para mí fue terrorífico; porque no quedé bien y hubo que hacer rectificaciones en el Hospital de Niños. Siempre recuerdo una sala inmensa, fría, oscura y la cara de un doctor con un espejito en la frente que escarbaba en mi garganta con un bisturí y unas pinzas. Y un hombre que me sujetaba con una llave (supongo) que de judo y así me mantenía como un torturador a merced del cirujano. Con la boca abierta. Había también una monja enfermera que decía “pobrecito”. Pero mis lágrimas no eran bálsamo para soportar aquello. Y mi madre me recompensaba llevándome luego a tomar helado. Por ese entonces entendía que el helado era un condicionante para una nueva sesión de tortura. Escribía no sé qué cosas. Y dibujaba a un niño llorando ríos de lágrimas. Lo que todavía no me permitía la comunicación plena con mis hermanos, con mi abuela, mis padres, mis amigos. Hubo, sí, una maestra irlandesa a la que yo quería que me acompañaba en todo momento y ejercía no sé qué tipo de influencia en mí. No le gustaban las armas y rechazaba la guerra. De ahí que no quería, por ningún motivo, que alguien me regalara un revólver de juguete o una escopeta de tirar corchitos. A mi padre le gustaba eso porque él odiaba la guerra. Por ese entonces aprendí a observar, a escribir y a dibujar. Toda la casa estaba escrita con leyendas y dibujos en las paredes. Yo tenía una gata a la que amaba. Un día, esa gata dio a luz y por algunas horas tuve muchos gatitos a mi alrededor que lloraban todo el santo día. Hasta que alguien decidió que había que sacarlos fuera de la casa. Pasó como una semana y lo recuerdo como si fuera hoy, en un día que llovía a cántaros, la sentí maullar detrás de la puerta de entrada. Cuando mamá la abrió, allí estaba la gata, mi gata, con todos sus gatitos implorando entrar. Eso me condujo a sentir la ternura y también el dolor; porque cuando quise asegurarme de que no se volverían a ir y até a uno de ellos a la pata de una mesa, el gatito amaneció muerto de tanto dar vueltas alrededor de la misma. Y eso me marcó para siempre, ya que el dolor es un elemento vital en mi escritura. Por otro lado, como todo niño tuve una ortografía atroz. Mi padre, afecto a la literatura y al arte en general, me corregía mucho; pero quien más estuvo sobre mí, fue un maestro de primaria llamado Oronaz que me hacía repetir hasta el cansancio mis faltas ortográficas y, supongo, me orientó hacia las letras. Pero si tengo que hablar de un interlocutor efectivo y afectivo, esa fue mi madre. Ella me enseñó antes de ir al colegio el amor por las palabras y con sus lecturas alimentó mi imaginación para el resto de mis días. También me alentó en la escritura en todos los sentidos... Aunque a escribir, técnicamente hablando, comencé mucho después. Y los primeros, fueron poemas de amor dedicados a una muchacha recluida en una escuela de religiosas... Hasta que alguien los dio a publicidad en una emisora radial. 








 




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